Debe ser la edad. Pasás los 30 y el cuerpo y la cabeza te funcan diferente.
No digo que peor o mejor: diferente.
Debe ser que a los 30 empecé a sentir como institucionalizada en mi la "adultez" y por consiguiente, lo que debe conllevar, al menos para lo que me represento, de esa etapa de la vida. Y si hay algo que de chico aprendés es que a los adultos el cuerpo ya no les da como antes.
Me cago en los preconceptos. Y me cago más en su confirmación.
Ahí arranca tu cabeza a jugar, a favor o en contra.
El culo se te empieza a llenar de preguntas, básicamente porque intuís que en algún momento va a venir un médico y te lo va a tener que tantear por esa bendita próstata. No sabés si tanta paja te benefició o te jugó en contra y una calentura es un momento de reflexión.
El alcohol, que tantas alegrías te dió, se vuelve un motor de mañanas ácidas y de estómagos revueltos, además de comprobar que su efecto se prolonga más. Lo mismo va con las comidas.
Los fines de semana se te vuelven una especie de oasis en la cadorcha diaria de la semana laboral: querés dormir, descansar y mirar tele como el Oso Yogui.
Ahí, más o menos, todos caemos o por lo menos le pasamos cerca a la medicina alternativa. Porque empezás a creer que algo se puede arreglar y los chinos estos algo deben saber, por algo están todo el tiempo mirando así, entre ojos.
A mi, personalmente, me dio por el reiki. Todavía ni fu ni fa, pero tengo ganas de animarme y, lo que es más importante a esta altura de la vida, mi compañera también está enganchada. Así que iremos a ver qué onda, qué hacemos con nuestros treintaycuantonimepreguntes, nuestros cuerpos, nuestras mentes y todos esos condicionamientos que vaya a saber uno de dónde salen.
Este blog planea ser el compendio de mis pensamientos "de momento". Esas ideas que surgen en la mente sin avisar, casi en defensa de un inconciente muy poco inocente, y un discurso malformado. Con el correr del tiempo supongo, entrenaré mi inconciente y afinaré mis reflexiones.
5.9.11
1.9.11
La era pesimista.
Los 80's eran los años en los que todo se podía.
Se juntaban frente a una cámara los artistas más convocantes a cantar una canción pegadiza llena de guiños al público y calmaban el hambre en África o, lo que es más importante y cierto, nos hacían creer que sí se podía.
Sentados frente a nuestros televisores de tubo de 20 pulgadas, nos cargábamos de optimismo y salíamos al mundo vistiendo colores vivos, sonriendo y bailando.
Si un chico se perdía lo encontraban y si alguien necesitaba plata para salvar su vida, aparecía al otro día.
Y nosotros, los desconocidos seres que poblamos el mundo de la gente común, creíamos en algo.
Hoy, luego de que una cartonera diera con el cuerpo de Candela en el Gran Buenos Aires, esos años han quedado un poco más lejos. Las marchas, demostraciones de afecto, la Fe y los juramentos valerosos no alcanzaron para dibujarle a la historia un final feliz. Y saliéndome del aberrante sentido de los hechos para leer sólo lo que nos concierne como espectadores, este es un duro golpe a la esperanza que, todos nosotros abrigamos, podemos hacer de este un mundo mejor con nuestro esfuerzo, ganas y voluntad.
A veces ganan los malos, sea el motivo que tengan. Pero últimamente nos estamos acostumbrando a perder.
Se juntaban frente a una cámara los artistas más convocantes a cantar una canción pegadiza llena de guiños al público y calmaban el hambre en África o, lo que es más importante y cierto, nos hacían creer que sí se podía.
Sentados frente a nuestros televisores de tubo de 20 pulgadas, nos cargábamos de optimismo y salíamos al mundo vistiendo colores vivos, sonriendo y bailando.
Si un chico se perdía lo encontraban y si alguien necesitaba plata para salvar su vida, aparecía al otro día.
Y nosotros, los desconocidos seres que poblamos el mundo de la gente común, creíamos en algo.
Hoy, luego de que una cartonera diera con el cuerpo de Candela en el Gran Buenos Aires, esos años han quedado un poco más lejos. Las marchas, demostraciones de afecto, la Fe y los juramentos valerosos no alcanzaron para dibujarle a la historia un final feliz. Y saliéndome del aberrante sentido de los hechos para leer sólo lo que nos concierne como espectadores, este es un duro golpe a la esperanza que, todos nosotros abrigamos, podemos hacer de este un mundo mejor con nuestro esfuerzo, ganas y voluntad.
A veces ganan los malos, sea el motivo que tengan. Pero últimamente nos estamos acostumbrando a perder.
31.8.11
El nuevo diseño de Google.
Google está cambiando. O más bien, Google ha cambiado y nos lo está contando.
Desde lo estético, la crítica que pueda hacer es subjetiva, ergo, a mi me gusta, lo demás me chupa un huevo.
Yendo a lo semántico, que no es ni cerca romántico, me empieza a quedar ese aroma en el ambiente de que se nos están conformando los grandes players del futuro próximo inmediato y la G pica en punta.
Definiendo su estilo, diciéndole a todos: así hacemos las cosas en Google, así somos.
Me gusta creer que su respeto por nuestra libertad es real y que son una empresa que, hacia adelante, están transformando el mundo en algo mejor para todos nosotros. Pero no dejan de ser una empresa.
Por ende, desde aquí, esta humilde silla de oficina, me planto para decirles a todos en Mountain View: estoy atento señores, atento a que muestren la hilacha y, cuando lo hagan, ya no contarán con mi apoyo.
Desde lo estético, la crítica que pueda hacer es subjetiva, ergo, a mi me gusta, lo demás me chupa un huevo.
Yendo a lo semántico, que no es ni cerca romántico, me empieza a quedar ese aroma en el ambiente de que se nos están conformando los grandes players del futuro próximo inmediato y la G pica en punta.
Definiendo su estilo, diciéndole a todos: así hacemos las cosas en Google, así somos.
Me gusta creer que su respeto por nuestra libertad es real y que son una empresa que, hacia adelante, están transformando el mundo en algo mejor para todos nosotros. Pero no dejan de ser una empresa.
Por ende, desde aquí, esta humilde silla de oficina, me planto para decirles a todos en Mountain View: estoy atento señores, atento a que muestren la hilacha y, cuando lo hagan, ya no contarán con mi apoyo.
Baby you can drive my car.
Sentado frente al volante la adrenalina cargaba su sangre revolviéndole las venas para alborotar su cerebro. Su pie, inexplicablemente calmo marcaba el tempo del viento rompiendo sobre el parabrisas. Manos firmes y ojos poseídos.
El mundo afuera parecía el decorado de una película y la banda de sonido retumbaba en su cabeza a todo decibel.
Luego de ese paseo a la infancia, volvió en sí.
Cuando pasamos los 30 cercamos cada vez más los permisos para soñar. Y nos vienen encima porque no se pueden guardar mucho, eso sí, saben perfectamente que no pueden estar mucho afuera. Como los perros de departamento, la imaginación nos salva aún cuando hacemos muy poco por su felicidad.
El mundo afuera parecía el decorado de una película y la banda de sonido retumbaba en su cabeza a todo decibel.
Luego de ese paseo a la infancia, volvió en sí.
Cuando pasamos los 30 cercamos cada vez más los permisos para soñar. Y nos vienen encima porque no se pueden guardar mucho, eso sí, saben perfectamente que no pueden estar mucho afuera. Como los perros de departamento, la imaginación nos salva aún cuando hacemos muy poco por su felicidad.
30.8.11
Sentimientos de estreno.
Feo le erraba Tangarica, que se daba cada piña que todavía me río. Pero cuando el salto lo vamos a dar desde una subjetividad a otra, tenemos que tener bien claro dónde estamos parados y adonde queremos llegar.
Y esto lo escribo desde la inédita posición de quien ha sido abordado y no desde el que le erra. Estrenando incomodidad.
Y digo estrenando porque no recuerdo muchas otras ocasiones en donde alguien pretendiese mi afecto y no pudiera corresponderlo. Aclaro que en este caso no se trató de una señorita, sino de un señor, y su demanda poco tiene (espero) que ver con el sexo.
Es más fácil para un hombre acostumbrado a la victoria galanteril, esgrimir una excusa que suene bien y sacarse de encima al esperanzado equivocado. No es mi caso. La propuesta me incomoda a sobre manera y me resulta difícil ponerme en ese lugar de decir que no. Porque siempre sobreviene la gran pregunta culposa: qué clase de ingrato seré que pueda negar afecto. Ego, dónde te has ido.
Y sin embargo, de algún lado sale ese ímpetu, ese amor propio que como un yelmo me resguarda la cabeza y todo lo que frágilmente habita en su interior sosteniendo un: estoy bien, gracias. O lo que es lo mismo, que te importa.
Y esto lo escribo desde la inédita posición de quien ha sido abordado y no desde el que le erra. Estrenando incomodidad.
Y digo estrenando porque no recuerdo muchas otras ocasiones en donde alguien pretendiese mi afecto y no pudiera corresponderlo. Aclaro que en este caso no se trató de una señorita, sino de un señor, y su demanda poco tiene (espero) que ver con el sexo.
Es más fácil para un hombre acostumbrado a la victoria galanteril, esgrimir una excusa que suene bien y sacarse de encima al esperanzado equivocado. No es mi caso. La propuesta me incomoda a sobre manera y me resulta difícil ponerme en ese lugar de decir que no. Porque siempre sobreviene la gran pregunta culposa: qué clase de ingrato seré que pueda negar afecto. Ego, dónde te has ido.
Y sin embargo, de algún lado sale ese ímpetu, ese amor propio que como un yelmo me resguarda la cabeza y todo lo que frágilmente habita en su interior sosteniendo un: estoy bien, gracias. O lo que es lo mismo, que te importa.
29.8.11
Siempre estamos empezando, aún cuando continuamos.
He descubierto que esta satisfacción no es una garantía de realización. Diariamente esquivo motivos de felicidad por el sólo hecho de que alguna prioridad se me adelanta en la lista.
Por lo visto, la voluntad está configurada para jugar en favor de la urgencia en lugar del propio deseo, o bien el deseo se nos presenta casi obsceno la mayor parte del tiempo. Sea como fuese, es un ejercicio extenuante ser cómplice de uno mismo, por más contradictorio que esto suene, al menos en tanto y en cuanto esta complicidad sea en virtud de nuestro bienestar.
Más contradictorio aún.
Somos un manejo de enunciados que no pueden formar una frase coherente. Tal vez por eso sea tan divertido y complicado vivir.
Uff. Esto ya lo empecé mil veces. Va una más.
Ah, la de al lado es Blanca Cota, nuestra gata.
27.5.11
Una historia inesperada.
Juan no había nacido nunca, al menos no de la manera convencional que todos conocemos.
Ni siquiera de otra imaginable.
Juan no entró sino que quedó olvidado en este mundo. Salió de la historia que un borracho contaba desde la barra de un bar a una imaginada multitud compuesta sólo de 3 personas.
Resulta que su padre o autor, no pudo cerrar el cuento y le quedó todo desparramado entre charcos de whisky y servilletas húmedas, entregándose finalmente a la llamada de Orfeo.
Los testigos, quienes hacía apenas minutos habían conformado la audiencia, quedaron desconcertados ante la presencia, entre los elementos del cuento, del pequeño: un bar no era el lugar apropiado para un niño. Así fue que lo tomaron para llevarlo a mejor sitio.
Al despertar el narrador, con el sopor que produce una resaca y apurado por el barman para cerrar finalmente el local, olvidó por completo que aquellos elementos desparramados a su derredor le pertenecían y los dejó también allí, por siempre olvidados de su historia. En cuanto al niño, estaba lejos ya, aunque él lo ignorara.
El dueño del bar, al ver el desentendimiento de este hombre con su desechada escenografía, tomó cada una de las partes de la historia y las guardó: es que este buen beodo, en su improvisación, había desplegado gran belleza que quién sabe de dónde traería oculta, y así permanecería, hasta el próximo deslís de copas seguramente, si las maltas y las penas se encapricharan en guiarlo hacia los mismos reclamos.
Fue una noche cualquiera de Agosto. Hace unos 25 o 30 años ya no recuerdo. El bar tenía un nombre, uno que mi memoria parece proteger de este relato, aunque proseguiré con él muy a pesar suyo, ya que esto es sólo el comienzo.
Ni siquiera de otra imaginable.
Juan no entró sino que quedó olvidado en este mundo. Salió de la historia que un borracho contaba desde la barra de un bar a una imaginada multitud compuesta sólo de 3 personas.
Resulta que su padre o autor, no pudo cerrar el cuento y le quedó todo desparramado entre charcos de whisky y servilletas húmedas, entregándose finalmente a la llamada de Orfeo.
Los testigos, quienes hacía apenas minutos habían conformado la audiencia, quedaron desconcertados ante la presencia, entre los elementos del cuento, del pequeño: un bar no era el lugar apropiado para un niño. Así fue que lo tomaron para llevarlo a mejor sitio.
Al despertar el narrador, con el sopor que produce una resaca y apurado por el barman para cerrar finalmente el local, olvidó por completo que aquellos elementos desparramados a su derredor le pertenecían y los dejó también allí, por siempre olvidados de su historia. En cuanto al niño, estaba lejos ya, aunque él lo ignorara.
El dueño del bar, al ver el desentendimiento de este hombre con su desechada escenografía, tomó cada una de las partes de la historia y las guardó: es que este buen beodo, en su improvisación, había desplegado gran belleza que quién sabe de dónde traería oculta, y así permanecería, hasta el próximo deslís de copas seguramente, si las maltas y las penas se encapricharan en guiarlo hacia los mismos reclamos.
Fue una noche cualquiera de Agosto. Hace unos 25 o 30 años ya no recuerdo. El bar tenía un nombre, uno que mi memoria parece proteger de este relato, aunque proseguiré con él muy a pesar suyo, ya que esto es sólo el comienzo.
15.2.11
Una nota sobre vinos.
A propósito de mis improvisadas vacaciones, intenté lo que alguna vez leyera, mi admirado Hermmann Hesse intentara en algún momento de su vida: probar y criticar algunos vinos, y escribir sobre ello.
Hasta ahora llevo sólo tres.
En orden cronológico:
Hasta ahora llevo sólo tres.
En orden cronológico:
Grafigna Sirah Cavernet.
A mi humilde juicio, uno de los mejores exponentes de la relación calidad - precio.
Sabor con presencia, algo de madera y no se de donde. Buen aroma.
Muy recomendable.
9.2.11
3.2.11
Una prueba desde Android
Hola mundo desde mi androide.
Vani se está bañando mientras la serie que miro se extingue en la pantalla cómo el día lo va haciendo en el reloj.
Son demasiadas cosas tan pegadas, que el post de mi blog creo que me queda inútil.
Salud.
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