Debe ser la edad. Pasás los 30 y el cuerpo y la cabeza te funcan diferente.
No digo que peor o mejor: diferente.
Debe ser que a los 30 empecé a sentir como institucionalizada en mi la "adultez" y por consiguiente, lo que debe conllevar, al menos para lo que me represento, de esa etapa de la vida. Y si hay algo que de chico aprendés es que a los adultos el cuerpo ya no les da como antes.
Me cago en los preconceptos. Y me cago más en su confirmación.
Ahí arranca tu cabeza a jugar, a favor o en contra.
El culo se te empieza a llenar de preguntas, básicamente porque intuís que en algún momento va a venir un médico y te lo va a tener que tantear por esa bendita próstata. No sabés si tanta paja te benefició o te jugó en contra y una calentura es un momento de reflexión.
El alcohol, que tantas alegrías te dió, se vuelve un motor de mañanas ácidas y de estómagos revueltos, además de comprobar que su efecto se prolonga más. Lo mismo va con las comidas.
Los fines de semana se te vuelven una especie de oasis en la cadorcha diaria de la semana laboral: querés dormir, descansar y mirar tele como el Oso Yogui.
Ahí, más o menos, todos caemos o por lo menos le pasamos cerca a la medicina alternativa. Porque empezás a creer que algo se puede arreglar y los chinos estos algo deben saber, por algo están todo el tiempo mirando así, entre ojos.
A mi, personalmente, me dio por el reiki. Todavía ni fu ni fa, pero tengo ganas de animarme y, lo que es más importante a esta altura de la vida, mi compañera también está enganchada. Así que iremos a ver qué onda, qué hacemos con nuestros treintaycuantonimepreguntes, nuestros cuerpos, nuestras mentes y todos esos condicionamientos que vaya a saber uno de dónde salen.
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