Google está cambiando. O más bien, Google ha cambiado y nos lo está contando.
Desde lo estético, la crítica que pueda hacer es subjetiva, ergo, a mi me gusta, lo demás me chupa un huevo.
Yendo a lo semántico, que no es ni cerca romántico, me empieza a quedar ese aroma en el ambiente de que se nos están conformando los grandes players del futuro próximo inmediato y la G pica en punta.
Definiendo su estilo, diciéndole a todos: así hacemos las cosas en Google, así somos.
Me gusta creer que su respeto por nuestra libertad es real y que son una empresa que, hacia adelante, están transformando el mundo en algo mejor para todos nosotros. Pero no dejan de ser una empresa.
Por ende, desde aquí, esta humilde silla de oficina, me planto para decirles a todos en Mountain View: estoy atento señores, atento a que muestren la hilacha y, cuando lo hagan, ya no contarán con mi apoyo.
Este blog planea ser el compendio de mis pensamientos "de momento". Esas ideas que surgen en la mente sin avisar, casi en defensa de un inconciente muy poco inocente, y un discurso malformado. Con el correr del tiempo supongo, entrenaré mi inconciente y afinaré mis reflexiones.
31.8.11
Baby you can drive my car.
Sentado frente al volante la adrenalina cargaba su sangre revolviéndole las venas para alborotar su cerebro. Su pie, inexplicablemente calmo marcaba el tempo del viento rompiendo sobre el parabrisas. Manos firmes y ojos poseídos.
El mundo afuera parecía el decorado de una película y la banda de sonido retumbaba en su cabeza a todo decibel.
Luego de ese paseo a la infancia, volvió en sí.
Cuando pasamos los 30 cercamos cada vez más los permisos para soñar. Y nos vienen encima porque no se pueden guardar mucho, eso sí, saben perfectamente que no pueden estar mucho afuera. Como los perros de departamento, la imaginación nos salva aún cuando hacemos muy poco por su felicidad.
El mundo afuera parecía el decorado de una película y la banda de sonido retumbaba en su cabeza a todo decibel.
Luego de ese paseo a la infancia, volvió en sí.
Cuando pasamos los 30 cercamos cada vez más los permisos para soñar. Y nos vienen encima porque no se pueden guardar mucho, eso sí, saben perfectamente que no pueden estar mucho afuera. Como los perros de departamento, la imaginación nos salva aún cuando hacemos muy poco por su felicidad.
30.8.11
Sentimientos de estreno.
Feo le erraba Tangarica, que se daba cada piña que todavía me río. Pero cuando el salto lo vamos a dar desde una subjetividad a otra, tenemos que tener bien claro dónde estamos parados y adonde queremos llegar.
Y esto lo escribo desde la inédita posición de quien ha sido abordado y no desde el que le erra. Estrenando incomodidad.
Y digo estrenando porque no recuerdo muchas otras ocasiones en donde alguien pretendiese mi afecto y no pudiera corresponderlo. Aclaro que en este caso no se trató de una señorita, sino de un señor, y su demanda poco tiene (espero) que ver con el sexo.
Es más fácil para un hombre acostumbrado a la victoria galanteril, esgrimir una excusa que suene bien y sacarse de encima al esperanzado equivocado. No es mi caso. La propuesta me incomoda a sobre manera y me resulta difícil ponerme en ese lugar de decir que no. Porque siempre sobreviene la gran pregunta culposa: qué clase de ingrato seré que pueda negar afecto. Ego, dónde te has ido.
Y sin embargo, de algún lado sale ese ímpetu, ese amor propio que como un yelmo me resguarda la cabeza y todo lo que frágilmente habita en su interior sosteniendo un: estoy bien, gracias. O lo que es lo mismo, que te importa.
Y esto lo escribo desde la inédita posición de quien ha sido abordado y no desde el que le erra. Estrenando incomodidad.
Y digo estrenando porque no recuerdo muchas otras ocasiones en donde alguien pretendiese mi afecto y no pudiera corresponderlo. Aclaro que en este caso no se trató de una señorita, sino de un señor, y su demanda poco tiene (espero) que ver con el sexo.
Es más fácil para un hombre acostumbrado a la victoria galanteril, esgrimir una excusa que suene bien y sacarse de encima al esperanzado equivocado. No es mi caso. La propuesta me incomoda a sobre manera y me resulta difícil ponerme en ese lugar de decir que no. Porque siempre sobreviene la gran pregunta culposa: qué clase de ingrato seré que pueda negar afecto. Ego, dónde te has ido.
Y sin embargo, de algún lado sale ese ímpetu, ese amor propio que como un yelmo me resguarda la cabeza y todo lo que frágilmente habita en su interior sosteniendo un: estoy bien, gracias. O lo que es lo mismo, que te importa.
29.8.11
Siempre estamos empezando, aún cuando continuamos.
He descubierto que esta satisfacción no es una garantía de realización. Diariamente esquivo motivos de felicidad por el sólo hecho de que alguna prioridad se me adelanta en la lista.
Por lo visto, la voluntad está configurada para jugar en favor de la urgencia en lugar del propio deseo, o bien el deseo se nos presenta casi obsceno la mayor parte del tiempo. Sea como fuese, es un ejercicio extenuante ser cómplice de uno mismo, por más contradictorio que esto suene, al menos en tanto y en cuanto esta complicidad sea en virtud de nuestro bienestar.
Más contradictorio aún.
Somos un manejo de enunciados que no pueden formar una frase coherente. Tal vez por eso sea tan divertido y complicado vivir.
Uff. Esto ya lo empecé mil veces. Va una más.
Ah, la de al lado es Blanca Cota, nuestra gata.
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