27.5.11

Una historia inesperada.

Juan no había nacido nunca, al menos no de la manera convencional que todos conocemos.
Ni siquiera de otra imaginable.
Juan no entró sino que quedó olvidado en este mundo. Salió de la historia que un borracho contaba desde la barra de un bar a una imaginada multitud compuesta sólo de 3 personas.
Resulta que su padre o autor, no pudo cerrar el cuento y le quedó todo desparramado entre charcos de whisky y servilletas húmedas, entregándose finalmente a la llamada de Orfeo.
Los testigos, quienes hacía apenas minutos habían conformado la audiencia, quedaron desconcertados ante la presencia, entre los elementos del cuento, del pequeño: un bar no era el lugar apropiado para un niño. Así fue que lo tomaron para llevarlo a mejor sitio.
Al despertar el narrador, con el sopor que produce una resaca y apurado por el barman para cerrar finalmente el local, olvidó por completo que aquellos elementos desparramados a su derredor le pertenecían y los dejó también allí, por siempre olvidados de su historia. En cuanto al niño, estaba lejos ya, aunque él lo ignorara.
El dueño del bar, al ver el desentendimiento de este hombre con su desechada escenografía, tomó cada una de las partes de la historia y las guardó: es que este buen beodo, en su improvisación, había desplegado gran belleza que quién sabe de dónde traería oculta, y así permanecería, hasta el próximo deslís de copas seguramente, si las maltas y las penas se encapricharan en guiarlo hacia los mismos reclamos.
Fue una noche cualquiera de Agosto. Hace unos 25 o 30 años ya no recuerdo. El bar tenía un nombre, uno que mi memoria parece proteger de este relato, aunque proseguiré con él muy a pesar suyo, ya que esto es sólo el comienzo.