Un diciembre, no me acuerdo ya de cuando, llegó a la agencia un hombre gordo y canoso. Su tupida barba, además de tapar su rostro, nos sofocaba sólo con mirarla.
El hombre, sentado ya cuan gordo era en una de nuestras pequeñas sillas y ante tres de nosotros, abrió su boca detrás del peludo pasamontañas blanco, y pronunció sus primeras palabras:
-"Muy buenos días, vengo aquí porque quiero ser Papá Noel. El verdadero Papá Noel."
A lo que precedió, por supuesto, un silencio incómodo.
Cuando me aseguré que podría hablar sin reirme, inauguré el diálogo:
-"Señor, Papá Noel no existe. Y si se refiere a las promos de los shoppings, le cuento que no tenemos nada que ver."
A esta altura, mis compañeros ya habían disparado sus mentes muy lejos de la sala de reuniones de la agencia y sólo yo atendía a este hombre de cuestionable cordura.
-"Ustedes no entienden. Yo quiero ser Papá Noel y ustedes me tienen que ayudar."
Sólo pude esgrimir un silencio, sostenido en una mirada incrédula. La sensación de que un loco se había metido en la oficina nos obligaba a pensar más en sacarlo que en atenderlo.
De repente, el candidato a enemigo público dijo algo que terminó de confundirnos:
-"Hace 40 años Play era una joven agencia y yo era uno de los nuevos ilustradores del equipo creativo.
Un día como hoy, llegó un hombre que parecía Papá Noel, contándonos que los rosarinos estábamos perdiendo la esperanza, las ganas. Y que así como estábamos, esa inyección anímica que es la navidad, iba a ser estéril.
Necesitaba una ayuda, una campaña para que la gente le preste más atención a la fiesta y esté así, más predispuesta a renovarse.
En ese entonces, todavía había soñadores en el mundo. Un grupo de creativos entre los que estaba, nos pusimos a diseñarle una campaña memorable, que protagonizó claro, este hombre."
Los tres seguíamos el relato con la fascinación de quien se encuentra de frente y por sorpresa, con su propia infancia.
-"Aunque hoy ya no se recuerde casi -prosiguió- el trabajo de la agencia fue un éxito. La ciudad movilizó su energía y hubo una magia que contagió todo lo que se hizo por aquella época.
El hombre que nos convocó falleció hace ya un lustro. Lo sé porque nos hicimos muy amigos. Él me confió la tarea de repetir el trabajo si volviera Rosario a perder la fe en la navidad."
A esta altura, eramos niños escuchando a Papá Noel. El visitante podía estar satisfecho, pero no. Adivinando nuestras miradas, tomó valor para soltar la bomba:
-"La ciudad nos necesita de nuevo: tienen que hacer una campaña para que la gente reciba la navidad."
Quiero aclarar que estamos acostumbrados a resucitar marcas casi muertas, pero esto, esto sí que era mucho. Lamentablemente para nuestras conciencias racionales, no eramos ya nosotros los que respondían, sino esos tres chicos embobados con el verdadero Papá Noel. Y si un chico tiene que seguir a alguien hasta lo imposible, ese alguien sería con seguridad, Papá Noel.
"Sí" , fue la respuesta unísona, sólo que no teníamos idea de lo que íbamos a hacer.