Mucho se habla en la prensa del día del hambre y las enfermedades, de los políticos y el reggaeton.
Pero omitimos en la agenda de nuestros medios un mal que crece silenciosamente en nuestra sociedad: el panquequismo.
Es así como veo diariamente que lejos de ser presos de nuestras palabras, muchos de nosotros somos víctimas de la libertad de expresión.
Las opiniones son expuestas sin filtros a la maroma pública, como argumentos guachos que trascenderán menos que un soplido mientras que los enunciantes se desdicen de sus argumentos con la misma facilidad que la naturaleza le saca la piel muerta a una víbora.
Y los máximos exponentes de esta vergüenza discursiva son, claro, los que detentan su pequeña parcela en el zoológico mediático al que abonamos diariamente. Un día se burlan, al otro disculpan, se siente agraviados, adhieren y se encrispan con otros personajes de su misma naturaleza.
Al principio pensaba: todo esto es una buena farsa. Y seguramente todos pensaron lo mismo.
No digo que no lo haya sido, pero creo que todos empezaron a creerse un poco sus mentiras (los que no son los que, sin dudas, manejan el juego).
El zapping se volvió un recorrido tan peligroso para el intelecto como un paseo nocturno por la periferia puede serlo para el cuerpo. Porque el riesgo de creer lo que sucede e incorporar los signos, las actitudes, las "marcas", es real.
Son tiempos, como diría un pensador, muy contemporáneos.
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