5.9.11

El cuerpo.

Debe ser la edad. Pasás los 30 y el cuerpo y la cabeza te funcan diferente.
No digo que peor o mejor: diferente.
Debe ser que a los 30 empecé a sentir como institucionalizada en mi la "adultez" y por consiguiente, lo que debe conllevar, al menos para lo que me represento, de esa etapa de la vida. Y si hay algo que de chico aprendés es que a los adultos el cuerpo ya no les da como antes.
Me cago en los preconceptos. Y me cago más en su confirmación.
Ahí arranca tu cabeza a jugar, a favor o en contra.
El culo se te empieza a llenar de preguntas, básicamente porque intuís que en algún momento va a venir un médico y te lo va a tener que tantear por esa bendita próstata. No sabés si tanta paja te benefició o te jugó en contra y una calentura es un momento de reflexión.
El alcohol, que tantas alegrías te dió, se vuelve un motor de mañanas ácidas y de estómagos revueltos, además de comprobar que su efecto se prolonga más. Lo mismo va con las comidas.
Los fines de semana se te vuelven una especie de oasis en la cadorcha diaria de la semana laboral: querés dormir, descansar y mirar tele como el Oso Yogui.
Ahí, más o menos, todos caemos o por lo menos le pasamos cerca a la medicina alternativa. Porque empezás a creer que algo se puede arreglar y los chinos estos algo deben saber, por algo están todo el tiempo mirando así, entre ojos.
A mi, personalmente, me dio por el reiki. Todavía ni fu ni fa, pero tengo ganas de animarme y, lo que es más importante a esta altura de la vida, mi compañera también está enganchada. Así que iremos a ver qué onda, qué hacemos con nuestros treintaycuantonimepreguntes, nuestros cuerpos, nuestras mentes y todos esos condicionamientos que vaya  a saber uno de dónde salen.

1.9.11

La era pesimista.

Los 80's eran los años en los que todo se podía.
Se juntaban frente a una cámara los artistas más convocantes a cantar una canción pegadiza llena de guiños al público y calmaban el hambre en África o, lo que es más importante y cierto, nos hacían creer que sí se podía.
Sentados frente a nuestros televisores de tubo de 20 pulgadas, nos cargábamos de optimismo y salíamos al mundo vistiendo colores vivos, sonriendo y bailando.
Si un chico se perdía lo encontraban y si alguien necesitaba plata para salvar su vida, aparecía al otro día.
Y nosotros, los desconocidos seres que poblamos el mundo de la gente común, creíamos en algo.
Hoy, luego de que una cartonera diera con el cuerpo de Candela en el Gran Buenos Aires, esos años han quedado un poco más lejos. Las marchas, demostraciones de afecto, la Fe y los juramentos valerosos no alcanzaron para dibujarle a la historia un final feliz. Y saliéndome del aberrante sentido de los hechos para leer sólo lo que nos concierne como espectadores, este es un duro golpe a la esperanza que, todos nosotros abrigamos,  podemos hacer de este un mundo mejor con nuestro esfuerzo, ganas y voluntad.
A veces ganan los malos, sea el motivo que tengan. Pero últimamente nos estamos acostumbrando a perder.