Sentado frente al volante la adrenalina cargaba su sangre revolviéndole las venas para alborotar su cerebro. Su pie, inexplicablemente calmo marcaba el tempo del viento rompiendo sobre el parabrisas. Manos firmes y ojos poseídos.
El mundo afuera parecía el decorado de una película y la banda de sonido retumbaba en su cabeza a todo decibel.
Luego de ese paseo a la infancia, volvió en sí.
Cuando pasamos los 30 cercamos cada vez más los permisos para soñar. Y nos vienen encima porque no se pueden guardar mucho, eso sí, saben perfectamente que no pueden estar mucho afuera. Como los perros de departamento, la imaginación nos salva aún cuando hacemos muy poco por su felicidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario