23.1.12

Rosario huele a caca.


Podría la mente volver a las incisivas acusaciones de las que fuéramos objeto tiempo atrás los rosarinos pero no. Esta vez parte la crítica desde un hijo de las entrañas mismas de esta ciudad, esa ciudad que hoy huele a caca. 
Como hijo, suponemos, los olores maternos siempre traen sensaciones placenteras, como tranquilidad o pertenencia. Pero el olor a caca, esta caca que es la mierda misma traducida de la calle al blog, no es familiar. 
Ya es chocante esta especie de parto que transitamos, desde los ambientes climatizados a una temperatura medio patagónica, hacia las salas de espera del averno gaucho que son nuestras calles. El cuerpo se te descontrola, con todos los pelitos consternados y las tripas como en una comparsa, aclimatarse toma al menos una cuadra caminando a la sombra. Pero el olor, ese desagradable olor a caca, no resiste análisis. 
Habrá sido acaso la venganza de los crotos de esta ciudad, en una tan incuestionable como innecesaria protesta, el esconder sus heces en cada esquina? O una estrategia extraterrestre rociar este lado del Paraná con su materia fecal para coordinar un inminente ataque? Escasearán acaso los Huggies y Mimitos y las madres primerizas desbordadas por la fétida producción de sus primogénitos no tuvieron más opción que descartar toneladas de leche y papilla digerida hacia las calles. O es una acción de marketing sin precedentes de Glade, Poet y etcétera para vender sus atomizadores?
El conspirativismo está a la orden del día mientras algunos afortunados sólo huelen caipirinhas en una playa carioca. Tal vez entre ellos se  esconda el cerebro detrás de esta sucia realidad. 
Quien sabe. Yo, trago aire por la boca y trato de no respirar. 

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