A veces, y es muy común que esto suceda, somos nuestros peores enemigos.
Buscamos infinitamente en nuestros argumentos más básicos justificar nuestras faltas. Siempre tenemos a mano la excusa que explicará porqué el error se debe situar en el otro, en la situación, la circunstancia.
No podemos detenernos y mirar hacia aquí (no encuentro otra referencia espacial para denominar al "yo").
Entonces entramos en conflicto con el entorno, peleamos, somos incomprendidos, rebeldes, extraños.
Somos unos imbéciles, por así decirlo.
Nos amargamos, gastamos tiempo en justificar nuestro enojo y luego más tiempo en estar enojados.
Tanto ruido hay afuera, tanto silencio adentro. Y tan poco conectados están.
No hay comentarios:
Publicar un comentario