Qué lindo es ver las miserias humanas por el vidrio de mi pantalla. No me tocan, no me llegan, no pueden romperla para empaparme de ellas.
Acentúa la realidad aparente que eso le está pasando a otro y me confirma que yo no soy esos, soy otros.
No hay mayor identificación con las problemáticas, ni diferenciación: son todas iguales: chicos sin escuela, padres con sida, violaciones y asesinatos. Todos expuestos en la feria freaky del prime time como si fuera una pasarela satelital en tiempo real, con llegada mundial.
Y a veces, cuando la producción del programa de turno se esmera con una buena edición, eligiendo un buen tema o, inclusive un artista en vivo, nos emocionamos. Dejamos caer una lágrima inocente y decimos "la pucha, qué barbaridad".
El gobierno, claro culpable de algo (no sabría qué, el tiempo le definirá alguna culpa), debería ponerle a los pobres y damnificados un marco de tv adelante. O una pantalla. Algo que suavice el chocante encuentro y nos ayude a identificarlos: "sí! son los negritos simpáticos de la tele!" Podrá decir el taxista en la esquina cuando le vengan a limpiar el vidrio y así, tal vez, no lo mande nuevamente a la matriz materna de manera zoez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario